Conversando con Ana

Ana es mi hija y quiere irse del país. Para ella, la situación es insoportable. Con su madre enferma, debe moverse persiguiendo los medicamentos de alto costo que los protocolos de la enfermedad así lo exigen. Justo por esa razón no puede irse. A veces, ella no entiende el argumento con que está escrita su vida y vive intensamente ese rasgo terrible que es la desesperación. Pero lucha, a veces vence, otras veces es vencida, pero sigue de pie y su objetivo es que ambas logren sobrevivir y entonces poder irse, ante la desesperanza que esto no va a cambiar.

Mi objetivo es que ella logre vencer esa desesperanza, que todo no solo puede cambiar, sino que estoy seguro estar próximos a un cambio político significativo, que la transición será difícil, no será tranquila.

Ella me riposta diciendo que observe lo que ha ocurrido en Ecuador, Chile y que se presiente que en cualquier momento pueda ocurrir en Colombia. Que aún con problemas, eran países medianamente exitosos, donde nosotros los habíamos escogidos como los destinos más seguros y que nos podían permitir huir del sufrimiento y el dolor que nos produce a diario el régimen. A veces, me cuesta darle ánimos, pues, la verdad absoluta, es que en Venezuela los peligros se han generalizado y todos vivimos bajo el peso de los males generados por el proceso chavista, en lo económico y en toda la dinámica social y política desde hace 20 años generando una situación invivible e insostenible humanamente.

Ella, insiste, preguntándose y preguntándome que es lo que nos pasa que todas las salidas que hemos ensayado han resultado inútiles e inertes. Ella misma se responde y dice que en buena parte la gente se ha ido habituando a las calamidades. La gente, que se mueve con ellas, buscando estrategias de sobrevivencia para sus particulares problemas individuales.

Y eso, precisamente me dice, es lo que le molesta, esa inercia de la gente se expresa en una abrumadora inacción y la complacencia porque “la cola de la bomba de la Estrella esta corta, que maravilla y solo tardé 3 horas para poner gasolina”.

A veces no se que responderle. Sus argumentos en ciertos momentos parecen contundentes, pues son derivados de la clara y abrumadora insoportabilidad que le provoca el régimen. Pero, aún así, le insisto y le digo que el régimen vive sus últimos momentos, que la crisis es también de la dictadura. Que a pesar que ella observa cierta apatía en la gente que prefirió prepararse para las fiesta de la Feria de la Chiquinquirá, hay en la mayoría de los venezolanos (las encuestas hablan del 70%), hartazgo por lo que una vez lo sedujo: la narrativa de que el país superaría con ellos sus graves problemas. Le digo, que ese hartazgo se expresa en el rechazo a la institucionalidad que ellos construyeron en 20 años.

Le digo, además, que, obviamente hay que resolver tanto los problemas internos emanados de las agendas que sectores de la oposición tienen, pero que al final ellos entenderán que la unidad es vital y que estamos enfrentando la salida del régimen, pero que entienda que la transición ya empezó, pero no será una salida fácil y tranquila, como siempre le he dicho.

No crean que la convencí, todos los días, justo a las 8 de la mañana me da los buenos días con su retahíla de reclamos y comenzamos de nuevo…

Soc. Ender Arenas Barrios